por S. Stuart Park
El empleo del sentido común implica evitar los extremos, contentarnos con lo justo, sin excesos ni escasez y, siguiendo el símil de la edad madura, contaré que en el jardín de nuestra hija en Londres hay una hermosa higuera frecuentada a lo largo del año por ardillas y pájaros cantores, amén de palomas y urracas, pero cuando el fruto alcanza su punto de madurez descienden sobre ella una nube de estorninos venidos de todos los jardines de alrededor para devorar los nutritivos higos a su antojo.
La escena se contrasta con el episodio bíblico cuando el Señor buscó higos en una higuera cerca de Jerusalén y, al no encontrarlos, la maldijo, y en consecuencia el infructuoso árbol al día siguiente se secó. El incidente tuvo lugar en tiempo de Pascua antes de la aparición del fruto maduro, aunque la frondosidad de la higuera podía indicar la presencia de brevas, como tal vez esperaba encontrar Jesús:
«Al día siguiente, cuando salieron de Betania, tuvo hambre. Y viendo de lejos una higuera que tenía hojas, fue a ver si tal vez hallaba en ella algo; pero cuando llegó a ella, nada halló sino hojas, pues no era tiempo de higos. Entonces Jesús dijo a la higuera: Nunca jamás coma nadie fruto de ti. Y lo oyeron sus discípulos. (…) Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces» (Marcos 11:12-14, 20).
Un amigo de la Universidad que a la sazón manifestaba una espiritualidad excesivamente emocional, a mi modo de ver, no muchos años después afirmó haber perdido la fe por el rechazo que le causaba la injusta, para él, reacción de Jesús hacia la pobre higuera, por lo que su temprano entusiasmo religioso resultó ser más aparente que real, como la frondosidad engañosa de la higuera.
Parece claro que, aun teniendo Jesús derecho absoluto sobre la higuera, su intención era didáctica, y que de una suerte de parábola se trataba. Israel, el árbol frondoso cultivado por Dios, no dio frutos de arrepentimiento y rechazó a su Mesías, con drásticas consecuencias para Jerusalén.
La reacción de mi amigo sugiere que osciló entre dos extremos, un entusiasmo religioso precoz con interés desbordado por lo carismático y emocional, y un rechazo frío alimentado tal vez por el desencanto o la decepción. En el mundo religioso resulta fácil caer en cualquiera de estos dos extremos, y conviene buscar el punto de equilibrio que señaló Pablo cuando dijo:
«Así que, hermanos… No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta» (Romanos 12:1).
Toda una lección de equilibrio y sensatez.