por S. Stuart Park
La vida como peregrinación implica, en cierto modo, que llevamos nuestra casa a cuestas, como el caracol, y que no tenemos domicilio fijo en el mundo. Se trata de una casa prodigiosa, sin embargo: desde sus ventanas podemos otear horizontes lejanos, visualizar escenas remotas en el tiempo, vadear ríos, escalar montañas, y en un abrir y cerrar de ojos ser transportados desde lugares infernales hasta el mismo cielo, sin movernos del sillón.
La casa tiene sus limitaciones, claro está: con el paso de los años la visión se empaña, la audición se distorsiona, las fuerzas disminuyen y la memoria pierde nitidez. En un célebre pasaje el sabio Qohélet dibuja un escenario de pérdida de facultades físicas y deterioro psicológico, y lanza una advertencia:
«Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes que vengan los días malos, y lleguen los años de los cuales digas: No tengo en ellos contentamiento; antes que se oscurezca el sol, y la luz, y la luna y las estrellas, y vuelvan las nubes tras la lluvia; cuando temblarán los guardas de la casa, y se encorvarán los hombres fuertes, y cesarán las muelas porque han disminuido, y se oscurecerán los que miran por las ventanas; (…) y habrá terrores en el camino… y se perderá el apetito; porque el hombre va a su morada eterna, y los endechadores andarán alrededor por las calles; antes que la cadena de plata se quiebre, y se rompa el cuenco de oro, y el cántaro se quiebre junto a la fuente, y la rueda sea rota sobre el pozo; y el polvo vuelva a la tierra, como era, y el espíritu vuelva a Dios que lo dio. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador, todo es vanidad» (Ecl. 12:1-8).
No resulta difícil identificar muchos los referentes metafóricos de la portentosa endecha de Qohélet, pero ¿a qué aluden los «terrores en el camino»? Puede tratarse de pesadillas nocturnas, ya que la misma mente que puede idear grandes obras de arte y disfrutar de música y poesía, puede torcerse y en los años de la senectud verse asediada por los errores pasados y los temores futuros, por el recuerdo de cosas que sucedieron o que pudieron haber sucedido, hasta que la luz del amanecer disipa la oscuridad.
Cuán maravillosa es la mente, y cuán frágil. Estos son los años cuando necesitamos recibir el apoyo de los seres queridos y la consolación de las Escrituras, como Pablo la definió. El ejemplo definitivo lo encontramos en la experiencia del patriarca Job, quien, acorralado de día y de noche por falsas acusaciones y temores sin fundamento, confesó:
No he tenido paz, no me aseguré, ni estuve reposado.
No obstante, me vino turbación.
(Job. 3:26).
Le entiendo perfectamente.