SENILIDAD Y MUERTE Las siete edades del hombre (46).
por S. Stuart Park Valladolid, 12 de Abril de 2024
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Viaje por Estados Unidos |
Una de las bendiciones inesperadas que ha proporcionado esta etapa de nuestra vida ha sido la oportunidad de reunirnos con personas que no habíamos visto en años, incluso restañar alguna herida que con el paso del tiempo ha perdido su razón de ser. Dos viajes a Norteamérica nos han permitido abrazar a seres queridos y saludar a amistades de antaño, en Connecticut, California, Arkansas, Texas, New York y Philadelphia, y varios acontecimientos aquí en España han cumplido la misma función, como el regreso a Terrassa después de medio siglo, o una reunión en la provincia de Sevilla donde coincidimos con personas que habíamos conocido sesenta años atrás.
No todos nuestros reencuentros se han dado en circunstancias tan gratificantes, sin embargo, y al llegar a esta, la última de las «siete edades del hombre», nos invade la sensación del cierre de un círculo vital, y en tiempos recientes hemos podido ver de cerca cómo la vida de algunos de nuestros familiares, amigos y vecinos se va acercando a su fin, no pocos con un deterioro notable no solo físico sino también mental con el avance del temido Alzheimer o la demencia senil. Resulta penoso en extremo recordar la brillantez intelectual de quienes nos han deleitado con su compañía en el pasado, y ahora apenas reconocen a sus propios familiares, o no saben dónde están, ni con quién.
Al redactar estas líneas viene a la mente la imagen de mi mentor David Gooding, fallecido en 2019, después del lento declive de sus funciones cognitivas. Le conocí por primera vez hace más de cincuenta años en casa de John Lennox, mi amigo de la Universidad, y recuerdo la escena cuando apareció en el salón un hombre de unos cuarenta años, impecablemente trajeado, pletórico de vida, una eminencia académica y portentoso conocedor de la Biblia que me enseñaría la hermenéutica cristológica que he seguido hasta aquí. «No le llames» —me dijeron poco antes de su fallecimiento— «no sabrá quién eres».
Otro gran amigo desde la Universidad, cuyo nombre me guardo aquí por respetar su intimidad, brillante conversador, bibliófilo y voraz lector con un sentido de humor envidiable, ahora cuando le llamo si bien recuerda anécdotas de la etapa estudiantil y cita datos históricos de un pasado remoto, me pregunta cada cinco minutos cuándo le iré a ver, y repite la pregunta vez tras vez como si no la hubiese formulado nunca. Son situaciones difíciles de contemplar para quienes han compartido toda una vida juntos y son testigos de un declive imparable que requiere atención constante, y velan por su seguridad.
No puedo terminar este artículo sin recordar las palabras de Jesús: «yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano» (Jn. 10:28). Una promesa que ni la enfermedad ni la muerte podrán borrar.
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