por S. Stuart Park
El aroma que llenó la casa en Betania y que tanto bien hizo a nuestro Señor en el umbral de su sufrimiento y muerte invita a una transición natural hacia otro tipo de pasión, que en el Cantar de Salomón es relacionada con un jardín lleno de la fragancia de flores de alheña y nardos, caña aromática y canela, áloes y azafrán, un paraíso de granados con frutas suaves, un jardín de amores que nos retrotrae al añorado Edén.
El poeta amigo Alfredo Pérez Alencart publicó en 2017 una hermosa antología titulada
Una sola carne, en alusión inequívoca a aquel paraíso lejano, y tuvo la amabilidad de invitarme a presentar su libro en Salamanca, la ciudad donde vivía junto con su amada esposa Jacqueline y donde ejerce como profesor en la Universidad. Poco podíamos sospechar que Jacqueline sucumbiría a una enfermedad mortal pocos años después, dejando un vacío imposible de llenar.
Las palabras que dirigí en aquella ocasión pueden servir de pórtico para este, el tercero de los cuatro amores que nos ocupan:
«La antología de Alfredo Pérez Alencart que hoy se presenta en Salamanca, la ciudad de sus amores contiene los versos de un hombre enamorado desde el fondo de su alma, como declara el propio poeta, otro Adán cuyo amor hace menos duro su destierro, como también confiesa en otro de sus poemas. El poeta entiende por Paraíso “la condensación del amor que no se pierde en ningún sueño”, es decir, un amor tan inquebrantable como la fe, y con estas palabras su teología del amor queda perfectamente plasmada».
Sirvan nuestras palabras de justificación, también, ya que entrar en el mundo pasional del poeta parecía cuando menos atrevido:
«Una sola carne contiene pasajes de un erotismo de alto voltaje, y lectores más cualificados que yo habrán de desgranar sus imágenes, trazar la curvatura de sus ritmos y seguir el rastro de sus cadencias. A fin de cuentas, ¿cómo podrá un pobre británico de las Islas frías y lluviosas acompañar el arrebato de este poeta peruano-salmantino en el huerto tropical de sus amores? Mi misión es más académica, y trataré tan solo de ubicar la poesía de Alfredo en el marco de la literatura sagrada que la inspira».
Así es cómo, querida lectora, querido lector, aspiro a hacer justicia a ἔρως (
Eros) el dios de la atracción sexual cuya estatua adorna el Picadilly Circus en Londres, capital de aquellas Islas frías y lluviosas donde su poderío no es, por tanto, del todo desconocido.
Lo hago con una pequeña ventaja, todo hay que decirlo, ya que en 2013 publiqué un libro titulado
Jardín cerrado, un estudio del Cantar de los Cantares de Salomón, un libro —el bíblico— que atestigua que el amor pasional es tan don de Dios como el afecto natural o la amistad, aunque no todos elijan este amor o puedan experimentarlo por circunstancias de la vida. Este hecho sugiere que el Cantar de Salomón, donde todo es metáfora y símbolo, pueda ser disfrutado por cualquiera, no importa su circunstancia o condición, ya que la poesía descubre un mundo hermoso sin pisar sus flores ni invadir su intimidad. «Llama de Yahvé» es este amor, (Cantar 8:6) y entraremos en el Jardín de Dios con reverencia y recato, como conviene.