por S. Stuart Park
No nos conviene detenernos para especular en demasía acerca del paso del tiempo, una realidad que como dijo Agustín reconocemos perfectamente pero que no seríamos capaces de explicar, y en medio del fluir de nuestras vidas somos llamados a proseguir día tras día con constancia, como propuso Juan Bunyan (1628-1688) en su célebre novela alegórica
El progreso del peregrino. Él mismo fue un ejemplo preclaro de la constancia que encomió en uno de los himnos más populares del país, interpretado en el funeral de Estado de Winston Churchill:
Quien quiera tener valor
frente a todo desastre,
siga con constancia
los pasos del Maestro.
No hay desánimo
que le haga renunciar
a su declarada intención
de ser peregrino.
(…)
Puesto que, Señor, tú nos defiendes
con tu Espíritu,
sabemos que al final
heredaremos la vida.
¡Que huyan las fantasías!
No temeré lo que digan los hombres,
trabajaré día y noche
para ser peregrino.
Bunyan era originario del pueblo de Elstow, cerca de Bedford, de ascendencia puritana. A los dieciséis años, se alistó en el ejército parlamentario durante la primera etapa de la Guerra Civil Inglesa. Después de tres años en el ejército, asistió a un grupo no conformista en Bedford y más tarde se convirtió en predicador. Tras la restauración de la monarquía, cuando se restringió la libertad de los no conformistas, en 1658 Bunyan fue arrestado y pasó los siguientes doce años en prisión por negarse a abandonar la predicación. Durante este tiempo comenzó a trabajar en su libro más famoso,
El progreso del peregrino.
Estuvo preso hasta enero de 1672, cuando Carlos II proclamó la Declaración de Indulgencia. Tras la retirada de la Declaración tres años más tarde, volvió a ser encarcelado, período en el que terminó
El progreso del peregrino. Su prisión fue breve debido a su popularidad y las autoridades no le volvieron a molestar, otro ejemplo de cómo la cárcel se convirtió en un espacio providencial de libertad.