por S. Stuart Park
Emily Dickinson (1830-1886) provenía de una prominente familia de Nueva Inglaterra cuyos antepasados habían llegado a Norte América en la primera oleada migratoria puritana y la estricta religión que profesaban influyó sobre la obra de la artista. Emily nunca se casó y la mayoría de las amistades que tenía dependían completamente de su correspondencia epistolar. «Mi vida ha sido demasiado sencilla y austera como para interesar a nadie» —escribió ̶—, pero el apasionado mundo interior que evidencian sus versos pone en tela de juicio esta confesión. La ‘reclusa’ de Amherst, Massachussets, que no se llegó a publicar en vida ni una docena de sus casi mil ochocientos poemas, ahora pertenece al selecto panteón de los grandes poetas norteamericanos como Whitman y Poe.
Sus poemas generalmente contienen líneas cortas, sin título, con rimas consonantes imperfectas y una puntuación poco convencional. Muchos de sus poemas se centran en temas relacionados con la muerte y la inmortalidad, también recurrentes en las cartas que enviaba a sus amigos. Su religiosidad tampoco era convencional, como evidencia este poema tan característico de su personalidad:
Algunos guardan el domingo yendo a la iglesia —
Yo lo guardo quedándome en Casa —
Con un Mirlo como Corista —
y como Cúpula un Huerto —
Algunos guardan el Domingo con Sotana —
Yo solo pongo mis Alas —
Y en lugar de tocar la Campana, para ir a la Iglesia,
Nuestro pequeño Sacristán — canta.
Dios predica, un Clérigo notable —
Y el sermón nunca es largo,
Así que, en lugar de llegar al cielo, al final —
Yo voy allí, todo el tiempo.
Emily no buscó la fama, como expresó en su pequeño poema jocoso de 1891:
No soy nadie ¿Quién eres tú?
¿Eres — Nadie — también?
¡Entonces somos dos!
¡Qué triste es ser alguien!
Y allí la dejaremos con el coro del amanecer en su jardín.