por S. Stuart Park
La esperanza de resurrección, gloriosa en sí, no quita un ápice del dolor de la pérdida de un ser querido, cuya ausencia deja un vacío que nada puede llenar. Forma parte de la vida, pero no nos acostumbramos, y en momentos de duelo profundo fluyen, incontenibles, lágrimas de dolor.
El Señor Jesús lloró ante la tumba de su amigo Lázaro, y al ver las lágrimas de María, hermana de Lázaro, no pudo contener su emoción. La historia retrata con respeto y delicadeza los sentimientos humanos y naturales de cada cual:
«Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro.
María, cuando llegó a donde estaba Jesús, al verle, se postró a sus pies, diciéndole: Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano. Jesús entonces, al verla llorando, y a los judíos que la acompañaban, también llorando, se estremeció en espíritu y se conmovió, y dijo: ¿Dónde le pusisteis? Le dijeron: Señor, ven y ve. Jesús lloró. Dijeron entonces los judíos: Mirad cómo le amaba. Y algunos de ellos dijeron: ¿No podía este, que abrió los ojos al ciego, haber hecho también que Lázaro no muriera? Jesús, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro» (Jn. 11:33-38).
El lamento de María y el escepticismo de los judíos encontraron respuesta por parte de Jesús en la resurrección de Lázaro. Aun así, y más allá de la circunstancia concreta, sujeta siempre a los avatares y accidentes de la vida, la lección principal que enseña el Maestro se encuentra en las palabras dichas a Marta, hermana de Lázaro y María:
«Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí, aunque esté muerto, vivirá. Y todo aquel que vive y cree en mí, no morirá eternamente. ¿Crees esto? Le dijo: Sí, Señor; yo he creído que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, que has venido al mundo» (Jn. 11:25.27).
El apóstol Pablo luchó con la disyuntiva que, en último término, nos enfrenta a todos:
«Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia. (…) Porque de ambas cosas estoy puesto en estrecho, teniendo deseo de partir y estar con Cristo, lo cual es muchísimo mejor; pero quedar en la carne es más necesario por causa de vosotros» (Filipenses 1:21-24).
El pequeño libro que publiqué en memoria de mi amigo Sirio,
En el valle de la sombra, retrata esta fe firme en medio de la enfermedad, y nunca olvidaré la voz fuerte de Sor María del Carmen en su lecho de muerte pocas horas antes de fallecer: «¡Confío en Cristo! ¡Solo en Cristo!».
Más no se puede decir.